Luchar contra leones.

Curiosamente, la vida me va dando señales que me hacen reflexionar.

El otro día, de camino a la biblioteca, lugar donde paso gran parte de mis mañanas, me encontré con un señor que llevaba un pupitre con las patas hacia adelante. Esto hizo que mi mente me trasladara a esa imagen de infancia en la que un domador de leones se introducía en una jaula armado con un látigo y una silla. Sonreí ante lo ridículo de la situación.

Cuántas veces, a lo largo de nuestra vida, nos meteremos en situaciones similares. Vamos en búsqueda de sensaciones, de elogios, de demostrar quienes somos a los demás, nuestra valía, etc. ataviados con una coraza y el personaje que toque en el momento. Pero a veces, esa coraza no nos es tan útil o se rompe ante las sauces voraces de los leones y, por mucho que le demos con el látigo, nos han herido profundamente. Ahí, de poco nos ha servido estar en una jaula.

Otras, nuestra silla es tan resistente que o bien no podemos avanzar porque no podemos con su peso y nos perdemos esa aventura o bien es el león que sale desvalido.

¿Quién nos ha protegido, de quién necesitamos protección y de qué o quién nos protegemos?

Pues seguramente, necesitamos esa protección que no tuvimos cuando éramos pequeños, ese amor, esa satisfacción de nuestras necesidades primarias que eran el amor y la seguridad. Pero ya de adultos, necesitamos protegernos de nosotros mismos, sorprendentemente. Porque jugamos a ser adultos cuando todavía somos niños, niños heridos que buscan la aprobación de papá, el abrazo de mamá, un “lo has hecho muy bien”, un guiño del hermano y un largo etcétera y cuando con nuestras actuaciones no conseguimos eso que buscábamos, los leones nos comen y ya no hay ni silla ni látigo que nos valga porque en realidad nos sentíamos demasiados pequeños para lo que estábamos viviendo.

¿Qué ocurriría si no fuéramos buscando todas esas cosas? ¿Qué ocurriría si no lleváramos esa coraza ni ese látigo? ¿Tendríamos la necesidad de meternos en la boca del león o pasaríamos de paseo en la sabana sabiendo que en cualquier momento puede aparecer pero que estaremos preparados para lo que pudiera venir?

Sanando nuestras heridas de infancia nos vamos convirtiendo en los auténticos adultos que somos y entramos más en contacto con nuestro Ser. Comprendemos al otro porque nos comprendemos a nosotros mismos, todos tenemos una historia,  y, en nuestro interior, con nuestra sabiduría profunda, sabemos que en esa comprensión y amor hacia nosotros mismos, está la paz.

No necesitamos demostrar que podemos con los leones. No necesitamos demostrar. Conócete y ámate porque en el amor las jaulas desaparecen, no necesitas protegerte, ni armarte, simplemente eres.

 La imagen ha sido tomada de la web lopezdoriga.com

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Copyright Eugenia Thomsen